Sonidos de cadenas crujiendo en la noche.
De la montaña bajan los duendes
para perderse en el infinito.
En la amplitud del universal valle,
sobre su manto rojizo,
retumban cascos de corceles.
Jinetes del pasado que cabalgan en el presente
para forjar un futuro.
Allá en el leño verde un hombre maduro
espera confiado su muerte.
Al otro lado del mar se deslizan las corrientes
de un río pestilente.
Lleva en sus aguas las semillas de la suerte,
de lo sublime y lo erótico, del amor y del odio.
Dos palomas blancas vuelan en opuestas direcciones.
Una al encuentro con un águila dorada,
y la otra con un cóndor ya casi inexistente.
Un sinsonte ha quedado inmóvil en su tierra,
y ya no le canta a la aurora.
Un hoz le cortó su trino y un martillo...
lo clavó en la ceiba. La dignidad del hombre
sigue estando en un pedestal para burla y escarnio
de los que piden a gritos un poco de libertad.
Todos queremos ser iguales, y hombres y mujeres, al mismo tiempo, al unísono, cercenan con su mística acerba
la dignidad de los demás. ¿Hasta cuándo seremos esclavos de nuestra pobre humanidad?
Sólo seremos libres cuando aceptemos
nuestra propia espiritualidad. Y rota las cadenas
que crujen en la noche, el hombre alzará su cabeza
hacia el Sumo Hacedor.
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Los poemas pertenecen a Nelson Calderón Martínez no pueden ser adulterados
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