CUARTA CARTA
Gustavo Adolfo Becquer

El amor es poesía; la religión es amor.
Dos cosas semejantes a una
tercera son iguales entre sí.

He aquí un axioma que debía ahorrarme el
trabajo de escribir una nueva carta.
Sin embargo, yo mismo conozco que esta
conclusión matemática, que en efecto lo parece,
así puede ser una verdad como un sofisma.

La lógica sabe fraguar razonamientos inatacables
que, a pesar de todo, no convencen.
¡Con tanta facilidad se sacan deducciones
precisas de una base falsa!

En cambio, la convicción íntima suele persuadir,
aunque en el método del raciocinio reine el mayor
desorden. ¡Tan irresistible es el acento de la fe!

La religión es amor y, porque es amor, es poesía.

He aquí el tema que me he propuesto desenvolver hoy.

Al tratar un asunto tan grande en tan corto espacio
y con tan escasa ciencia como la de que yo dispongo,
sólo me anima una esperanza. Si para persuadir
basta creer, yo siento lo que escribo.

Hace ya mucho tiempo -yo no te conocía y con
esto excuso el decir que aún no había amado-,
sentí en mi interior un fenómeno inexplicable.
Sentí, no diré un vacío, porque sobre ser vulgar,
no es ésta la frase propia; sentí en mi alma y en
todo mi ser como una plenitud de vida, como un
desbordamiento de actividad moral que, no
encontrando objeto en qué emplearse, se elevaba
en forma de ensueños y fantasías, ensueños y
fantasías en los cuales buscaba en vano la expansión,
estando como estaban dentro de mí mismo.

Tapa y coloca al fuego un vaso con un líquido
cualquiera. El vapor, con un ronco hervidero,
se desprende del fondo, y sube, y pugna por salir,
y vuelve a caer deshecho en menudas gotas, y
torna a elevarse, y torna a deshacerse, hasta que
al cabo estalla comprimido y quiebra la cárcel que lo
detiene. Éste es el secreto de la muerte prematura y
misteriosa de algunas mujeres y de algunos poetas,
arpas que se rompen sin que nadie haya arrancado
una melodía de sus cuerdas de oro. Ésta es la
verdad de la situación de mi espíritu, cuando
aconteció lo que voy a referirte.

Estaba en Toledo, la ciudad sombría y melancólica
por excelencia. Allí cada lugar recuerda una historia,
cada piedra un siglo, cada monumento una civilización;
historias, siglos y civilizaciones que han pasado y
cuyos actores tal vez son ahora el polvo oscuro
que arrastra el viento en remolinos, al silbar en sus
estrechas y tortuosas calles. Sin embargo, por un
contraste maravilloso, allí donde todo parece muerto,
donde no se ven más que ruinas, donde sólo se
tropieza con rotas columnas y destrozados capiteles,
mudos sarcasmos de la loca aspiración del hombre a
perpetuarse, diríase que el alma, sobrecogida de
terror y sedienta de inmortalidad, busca algo eterno
en donde refugiarse, y como el náufrago que se ase
de una tabla, se tranquiliza al recordar su origen.

Un día entré en el antiguo convento de San Juan
de los Reyes. Me senté en una de las piedras de su
ruinoso claustro y me puse a dibujar. El cuadro que
se ofrecía a mis ojos era magnífico. Largas hileras de
pilares que sustentan una bóveda cruzada de mil
y mil crestones caprichosos; anchas ojivas caladas,
como los encajes de un rostrillo; ricos doseletes de
granito con caireles de yedra que suben por entre
las labores, como afrentando a las naturales;
ligeras creaciones del cincel que parecen han de
agitarse al soplo del viento; estatuas vestidas de
luengos paños que flotan, como al andar; caprichos
fantásticos, gnomos, hipogrifos, dragones y reptiles
sin número que ya asoman por cima de un capitel,
ya corren por las cornisas, se enroscan en las
columnas, o trepan babeando por el tronco de las
guirnaldas de trébol; galerías que se prolongan y
que se pierden, árboles que inclinan sus ramas sobre
una fuente, flores risueñas, pájaros bulliciosos
formando contraste con las tristes ruinas y las
calladas naves, y por último, el cielo, un pedazo
de cielo azul que se ve más allá de las crestas de
pizarra de los miradores a través de los calados
de un rosetón.

En tu álbum tienes mi dibujo; una reproducción
pálida, imperfecta, ligerísima, de aquel lugar, pero
que no obstante puede darte una idea de su
melancólica hermosura. No ensayaré, pues,
describírtela con palabras, inútiles tantas veces.

Sentado, como te dije, en una de las rotas piedras,
trabajé en él toda la mañana, torné a emprender
mi tarea a la tarde, y permanecí absorto en mi
ocupación hasta que comenzó a faltar la luz.
Entonces, dejando a un lado el lápiz y la cartera,
tendí una mirada por el fondo de las solitarias
galerías y me abandoné a mis pensamientos.

El sol había desaparecido. Sólo turbaban el alto
silencio de aquellas ruinas el monótono rumor del
agua de la fuente, el trémulo murmullo del viento
que suspiraba en los claustros, y el temeroso y
confuso rumor de las hojas de los árboles que
parecían hablar entre sí en voz baja.

Mis deseos comenzaron a hervir y a levantarse
en vapor de fantasías.
Busqué a mi lado una mujer, una persona a
quien comunicar mis sensaciones. Estaba solo.
Entonces me acordé de esta verdad que había
leído en no sé qué autor:
«La soledad es muy hermosa... cuando se tiene
junto a alguien a quien decírselo».

No había aún concluido de repetir esta frase
célebre, cuando me pareció ver levantarse a mi
lado y de entre las sombras una figura ideal,
cubierta con una túnica flotante y ceñida la frente
de una aureola. Era una de las estatuas del
claustro derruido, una escultura que, arrancada
de su pedestal y arrimada al muro en que me había
recostado, yacía allí, cubierta de polvo y medio
escondida entre el follaje, junto a la rota losa de un
sepulcro y el capitel de una columna. Más allá, a lo
lejos y veladas por las penumbras y la oscuridad de
las extensas bóvedas, se distinguían confusa me
pareció ver levantarse a mi lado y de entre las
sombras una figura ideal, cubierta con una túnica
flotante y ceñida la frente de una aureola.


He aquí, exclamé, un mundo de piedra: fantasmas
inanimados de otros seres que han existido y cuya
memoria legó a las épocas venideras un siglo de
entusiasmo y de fe. Vírgenes solitarias, austeros
cenobitas, mártires esforzados que, como yo,
vivieron sin amores ni placeres; que, como yo,
arrastraron una existencia oscura y miserable,
solos con sus pensamientos y el ardiente corazón
inerte bajo el sayal, como un cadáver en su
sepulcro. Volví a fijarme en aquellas facciones
angulosas y expresivas; volví a examinar aquellas
figuras secas, altas, espirituales y serenas, y
proseguí diciendo: «¿Es posible que hayáis vivido
sin pasiones, ni temor, ni esperanzas, ni deseos?
¿Quién ha recogido las emanaciones de amor que,
como un aroma, se desprenderían de vuestras almas?
¿Quién ha saciado la sed de ternura que abrasaría
vuestros pechos en la juventud? ¿Qué espacios sin
límites se abrieron a los ojos de vuestros espíritus,
ávidos de inmensidad, al despertarse al
sentimiento...?» La noche había cerrado poco
a poco. A la dudosa claridad del crepúsculo había
sustituido una luz tibia y azul; la luz de la luna que,
velada un instante por los oscuros chapiteles de la
torre, bañó en aquel momento con un rayo plateado
los pilares de la desierta galería.

Entonces reparé que todas aquellas figuras, cuyas
largas sombras se proyectaban en los muros y en el
pavimento, cuyas flotantes ropas parecían moverse,
en cuyas demacradas facciones brillaba una expresión
de indescriptible, santo y sereno gozo, tenían sus
pupilas sin luz, vueltas al cielo, como si el escultor
quisiera semejar que sus miradas
se perdían en el infinito buscando a Dios.

A Dios, foco eterno y ardiente de hermosura,
al que se vuelve con los ojos, como a un polo
de amor, el sentimiento de la tierra.

Escritas en el El Contemporáneo
el 23 de abril. 1861



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